La experiencia de este viaje me ha supuesto una apertura mental hacia otros mundos, otras realidades. Por muchos libros y documentales que se vean, hasta que no sientes el húmedo calor, caminando por la tierra sin asfalto o en un destartalado autobús, mirando cara a cara al que está a tu lado e iniciando una conversación en la que el único lenguaje entendible es la sonrisa, no puedes decir que conoces África. Un mundo, que sin lujos ni comodidades se mueve cada día con el vayven de las personas, más aceleradas en Dakar, más tranquilas en la aldea de Ndiawara. En ese transcurrir, las personas no son indiferentes, no son números ni clientes. Te miran, paran y saludan. La gente sonrie, algo que la vieja europa, tal vez por distraida en escibrir normas, ha olvidado hacer. Así no tan eficientes en la planificación, son expertos en hablar desde el corazón. Otros códigos, otras formas de relación, otra realidad cultural tan presente y contemporánea como la nuestra, tan sólo a unos cuantos kilómetros de distancia.

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