Después de un mes de la realización de este viaje cada vez me siento más afortunada por haber podido formar parte de esta experiencia. Recuerdo el primer momento en Ndiawara, cuando llegamos con la furgoneta desde Dakar, y sentir el calor de la gente desde antes de bajar. Una magnífica bienvenida que nos hizo sentir como en casa. Según pasaban los días más sentías la armonía con todo lo que te rodeaba. Sí, se respira paz y armonía en Ndiawara. Cada mañana estrechando la mano, mirando a los ojos y diciendo (para finalizar el saludo de buenos días) estoy “tranquilo y en paz –jam tan” se abría camino un día especial. Así fue en cada uno de ellos.

Ndiawara, un pequeño pueblo del norte de Senegal bañado por el río y lleno de sonrisas preciosas de niñas, niños, hombres y mujeres que no dejará indiferente a nadie que por allí pase con la ganas de estar tranquilo y en paz. Convivir con la familia, una experiencia cargada de emociones difícil de plasmar en el papel, pero mágica poder sentirla directamente allí. Estar rodeada de niños y niñas que juegan contigo, que te miran, que disfrutan de este momento y te hacen sentir más que feliz, sólo por estar ahí.

Me permito destacar dentro de esta pequeña reflexión la labor de las mujeres en el día a día. Sin duda, pura fuerza y energía. Cada mañana, muy temprano, barriendo la casa y todo el porche sin ningún tipo de pereza ni queja alrededor. Lavar en el río la ropa de toda una gran familia. Llenar los cántaros de agua para que la gente en casa pueda beber. Dejar agua preparada en el baño. Cocinar sin un repertorio de muebles y/o utensilios que faciliten la labor. Preparar comida, para todo el mundo que llegue a casa en ese momento. Limpiar y ordenar los platos de la comida. Dar el pecho a los bebés. Guiar a los más pequeños para su juego y aprendizaje. Cuidar de las personas mayores que viven en la casa. Y, todo esto, siempre con una espléndida sonrisa. Después de estos días, no paro de pensar que me queda mucho por desaprender y aprender de nuevo.

Gracias a toda la población de Ndiawara, en especial a las mujeres, por compartir tantos momentos de aprendizaje. Vuelvo a repetir la sensación, afortunada.

Gracias a Pablo (y a todos el voluntariado que ha pasado en algún momento por Ndiawara), por la elaboración del diccionario español-pular, que ha creado momentos de sobremesa muy especiales con las familias.

Gracias a Bokasa, el conductor de la furgoneta durante la estancia en Senegal, a Samba, por sus momentos musicales con la guitarra y a Aliou, por ofrecer tanto y de una manera tan especial.

Gracias a la gente que ha colaborado con las donaciones y gracias a vosotros, Asociación Viento Norte Sur por la confianza depositada desde el principio en todo el mundo que se interesa en vuestros proyectos.

Lucía

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