Era el primer censo que realizábamos de una playa importante en la que no patrullábamos desde que la temporada de desove comenzó a incrementarse. Ya sabíamos que estábamos teniendo uno de los mejores años en relación al número de tortugas que estaban llegando a las playas de Sal desde que comenzó la conservación de ésta especie en la isla, en el año 2008. Nuestro temor era que el incremento de las actividades conllevara a un incremento de la caza en todas las zonas a las que nuestros limitados medios nos impiden llegar.

Hasta aquel momento solo habíamos encontrado algunos caparazones en los censos semanales de la isla, y habíamos conseguido mejorar la protección de las principales playas de desova, aquellas que patrullamos cada noche y en las que  habíamos contabilizado solo una tortuga muerta.

Aquel censo nos devolvió de nuevo a la realidad de la isla: sin la presencia de militares o de un equipo que patrulle, las playas del centro y norte de la isla, las más alejadas de la ciudad, se convierten en un lugar perfecto para los cazadores.

Al comenzar el censo nada parecía indicar lo que nos íbamos a encontrar al  llegar a la última parte de la playa, la zona con más arena y donde la mayoría de las tortugas deciden desovar. Los primeros caparazones los encontramos escondidos debajo de los matorrales,  en un intento de evitar la exhibición  pública del delito, de evitar revelar un secreto a voces: en la isla de Sal todavía se matan tortugas, se sigue consumiendo su  carne. Sin pruebas no hay delito, y sin delito no hay manera de presionar al gobierno para que tome cartas en el asunto.

A medida que avanzábamos  fuimos encontrando más y más caparazones, la gran mayoría de ellos alejados de la playa y al descubierto, ya sin tratar de esconderlos. El sentimiento de rabia e impotencia no dejaba de aumentar con cada nuevo caparazón encontrado. Comencé a preguntarme el por qué, a buscarle un sentido a lo que estaba viendo, a replantearme mi trabajo, ¿estábamos haciendo lo correcto?, ¿merecían la pena todas aquellas horas de trabajo nocturno patrullando la playa para luego encontrar esto?.

El sinsentido llegó a la cúspide cuando comenzó a invadirnos un terrible hedor a descomposición, a muerte. Pocos metros después encontramos algo que no había visto hasta ahora y que me causó una gran impresión.  Teníamos ante nosotros una tortuga dada la vuelta, muerta, en medio de un charco de sangre. Se podía distinguir perfectamente la causa de la muerte, un profundo corte en el pecho. No se habían llevado la carne, no habían comenzado ni siquiera a cortarla. Simplemente la habían matado y la habían dejado allí, a la vista de todos, descomponiéndose…

Lamentablemente ésta imagen difícil de olvidar, se repitió varias veces a lo largo de la temporada, ya que encontramos más tortugas en esta situación o incluso peor, algunas habían muerto de inanición, deshidratadas al dejarlas simplemente dadas la vuelta en la playa.

Aquella noche volví a patrullar la playa, pero esta vez triste, sin ganas ¿de qué servía salvar tortugas aquí si en otra playa las estaban matando a decenas? Afortunadamente todos esos sentimientos negativos desaparecieron cuando encontré la primera tortuga de la noche, la que me recordó la estupenda labor que hacemos y la necesidad de continuar haciéndolo. Gracias a nosotros, esa tortuga volvería al mar después de colocar los huevos para completar su ciclo natural, al igual que los centenares de tortugas que este año han podido hacerlo gracias a nuestro trabajo. No hay nada más gratificante que saber que estás aportando tu granito de arena en evitar la extinción de una especie que lleva en la Tierra más de 110 millones de años.

Más de 30 tortugas muertas encontramos en Monte Leão en aquel censo, una dramática cifra que no hacía más que prevenirnos de lo que nos iríamos encontrando cada semana a lo largo de toda la temporada de desove. Y lamentablemente, la previsión se cumplió.

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