Lo que en un principio fue más un reto personal por el hecho de embarcarme sola en esta experiencia, en la que desconocía el destino, la compañía y la cultura, ha acabado superando todas las expectativas.

Los motivos que me animaron a ello se quedan en nada después de la semana intensa que hemos vivido en el increíble desierto del Sahara. El trayecto al destino se hizo un poco largo, a pesar de las actividades que fuimos haciendo, pero la emoción de llegar al Riad y ver las habitaciones, cenar y amanecer al día siguiente con las dunas de fondo fue una de esas sensaciones que no puedes ni sabes describir.

Ya era lunes y cogimos camino hacia Merzouga, alucinando por el paisaje, la gente, conociendo y empapándonos de todo. Desde ese momento sabía que no iba a poder compararlo con nada, que todo era nuevo y distinto. Allí empezamos a hacernos con la cultura del regateo, de las especias, de la hospitalidad propia de allí. Con sus construcciones de adobe, los palmerales, los dromedarios descansando por cualquier rincón. Ya se empezaba a levantar aire a nuestro regreso al albergue, así que mientras terminábamos de comer se levantó una tormenta de arena. Esto nos obligó a quedarnos jugando y conociéndonos toda la tarde dentro. Después conocimos un poco más de la asociación y nos pusimos manos a la obra a organizar las donaciones que íbamos a repartir al día siguiente.

Ir en 4×4 por ahí, ver los diferentes poblados y sus espacios, los niños con sus sonrisas y la bondad hecha felicidad. Sin duda este día a mí me marcó el corazón ya que me hizo entender que de verdad la felicidad está en las pequeñas cosas y que no por tener más se está mejor. Siempre que tengas las necesidades básicas cubiertas está claro. La cultura bereber es de esas cosas de las que todo el mundo debería aprender un poco.

Ya en Rissani el hombre que nos contó la historia del Mausoleo nos hizo entender aún más su forma de vida. El respeto que tienen hacia su religión y los espacios a ello dedicados. La impactante experiencia del hamman, al que entramos sin tener ni idea de que nos íbamos a encontrar y salimos totalmente relajadas y con una historieta más que sumar a la lista. Y como bien sabemos que la prisa mata, tuvimos que esperar una larga hora para que nos dieran de comer, que gracias al hamman nos la tomamos con filosofía. Con la relajación y la barriga llena nos adentramos en el zoco para darle un poco al regateo, eso sí con el vaso de té que no faltara. Al final le encuentras la gracia, todo hay que decirlo. Pero siempre falta tiempo para seguir comprando. Después fuimos a ver atardecer a un peñón desde donde también vimos la luna salir.

En la asociación de mujeres de Hassilabiad nos enseñaron todo el proceso del cous cous. Una actividad que nos acercó más a ellas ya que acabamos tocando los tambores y cantando. Tomando unos cuantos vasos de té y aprendiendo como ellas cocinan y trabajan. Salimos de allí con una sensación de plenitud por haber compartido toda esa mañana con ellas.

Por la tarde nos adentramos en el desierto para ver atardecer desde el corazón de Erg Chebbi y dormir en una jaima. El camino en sí fue genial porque allí donde miraras era asombroso. También me permitió disfrutar de mis compañeros y reír a carcajadas como casi todo el viaje. Tras despertarnos para ver amanecer tocó volver en dromedario al Riad acompañada de la pequeña del viaje, Lucia, un trayecto súper divertido e inolvidable que guardaré para siempre.

Esa mañana tras una ducha reconfortante nos dirigimos a la pastelería para conocer sus recetas y aprender a hacer sus pasteles tradicionales. Con mucha pena tocaba recoger todo porque comenzaba la vuelta a casa. No sabría quedarme con ningún momento ya que todo el viaje en sí ha sido increíble. Supongo que para conseguir un viaje perfecto tiene que existir la relación adecuada entre el destino, la gente y las actividades. Lo más fascinante es conseguir que de la nada, ya que muchos fuimos por nuestra cuenta y sin tener nada que ver unos con otros se consiga esta unión que nos ha regalado tantos buenos momentos. Sin duda este viaje solidario que fomenta el turismo solidario es cien por cien recomendable.

Y yo que me fui allí sin que me gustara el té y ahora no hay día que no me tome uno y piense que nunca me sabrá como cuando lo hacían en Les Flamants Roses.

Gracias por descubrirme un mundo al que estoy deseando volver y a seguir luchando con estos proyectos tan bonitos que contagian a todo el que toma parte en ellos.

 

 

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