La experiencia ha sido magnífica. Ha sido enormemente enriquecedora, y me permite, a la vuelta, replantearme muchas cuestiones vitales. Te das cuenta que muchas cosas en la vida que damos por hechas y consideramos que merecemos, que son derechos nuestros son, en realidad privilegios. He confirmado algo que siempre he sospechado, y es que algunos de los pilares en que se basa nuestra sociedad son grandes errores o mentiras. Un consumismo y egoísmo exacerbado, la apatía que domina a las personas respecto a los problemas de los demás (falta completa de empatía), la falsedad y egoísmo que domina las relaciones sociales. He aprendido a poner nuestros problemas habituales en perspectiva y creo que la experiencia de vivir en Ndiawara me ha abierto un poco los ojos. Porque, por mucho que veas en la tele la situación de pobreza que hay en otros sitios, hasta que no vas allí y la “vives” no puedes hacerte una idea mínima de ello.

A mi llegada se puede decir que incluso tuve miedo. Sobre todo en el largo viaje al pueblo. Acababa de llegar, no conocía nadie, todo el mundo era negro y yo llamaba enormemente la atención. Y sobre todo, era todo tan distinto. Aunque en el fondo me gustaba mucho poder vivir esa “aventura”, y siempre tenía todos los sentidos para quedarme con todo lo que veía, lo que olía, lo que escuchaba… y poder recordarlo en el futuro. Me apasionaba ser testigo de cosas muy distintas, así que me encontraba en situación de excitación constante: unos hombres que meten una vaca en un coche, comer con las manos y en el suelo, deambular de noche por el pueblo sin más luz que la luna, darme cuenta de que hay estrellas en el firmamento. Y de que hay muchas. Ver una estrella fugaz, pedir un deseo. Ver tantas que te parece pretencioso pedir uno cada vez…

En el pueblo todo ha salido muy bien. En primer lugar, la familia con la que estuve me trató genial. Ellos y todo el pueblo. Yo intenté también ser lo más amable y simpático posible. Y de esa forma, en unos cuantos días ya conocía a mucha gente. Aunque mis favoritos siempre fueron los chiquillos y chiquillas que merodeaban constantemente por el pueblo. Los niños son de todos, y eso me gustaba mucho, porque estaban siempre por todos lados y llenaban de alegría el día a día. Me gustaba mucho jugar con ellos hasta que me agotaba y sus sonrisas se me han grabado en la memoria.

Y hacia el final de mi estancia me di cuenta que le tenía mucho cariño y afecto a la gente con la que solía pasar el día a día, y se me hizo difícil la vuelta. Saber que no sé cuándo o ni siquiera si volveré a verlos. Se me hizo duro. Para ellos solo tengo palabras de agradecimiento. Sobre todo Aliou, el director de la escuela que también me acogió en su casa. Con él además compartí muchos momentos: jugábamos al ajedrez, hacíamos deporte juntos y siempre nos quedábamos hablando y discutiendo sobre cualquier cosa. También quisiera destacar a Abdoulaye que me acogió en Dakar y me acompañó en la visita de la ciudad y en los trayectos de la casa al aeropuerto y a la estación de bus para Ndiawara. Siempre pendiente de que me sintiera cómodo.

En resumen, un capítulo que ha pasado a ser muy importante en mi vida que recomiendo a todo el mundo no perderse.

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